sábado, 26 de agosto de 2017

ETERNO DÁMASO



Fue el precursor del parón de Ojeda, del toreo en vertical de Tomás, las formas nuevas, los nuevos tiempos. Detuvo el tiempo con las plantas asentadas en la arena y el corbatín desaliñado en el cuello, con las carnes metidas entre los pitones, con el valor rezumando por los poros.

Pisó los terrenos que nunca antes nadie había pisado, recortó distancias con la muerte, embarcó en su muleta toros imposibles, hierros legendarios, encastes malditos. 

Hizo del temple la magia y de la naturalidad la norma. Abrió caminos, revolucionó el toreo, vislumbró el futuro, se impuso caña y oro.


Triste, tristísimo despertar con la muerte del maestro Dámaso González, torero de toreros, leyenda de la tauromaquia. 

#EternoDámaso #Gloria #Gracias

lunes, 14 de agosto de 2017

Yo te espero siempre, Morante


Morante anunciaba ayer su retiro indefinido de los ruedos y me levanto huérfana de mil cosas que son las que me atan a esta pasión, a este blog abandonado que un día fue templo morantista casi antes de que se acuñase el morantismo, desde un lluvioso día de junio de 1997 en Burgos. Yo estaba allí, en barrera, empapada en aquel aguacero, agua bendita, bautismo.

Mentiría si dijese que fui por él. En aquellos tiempos yo seguía el capote mágico de Cepeda y allí, bajo aquella lluvia torrencial, oficiaban Cepeda y Rincón por testigo y padrino de un chaval de la Puebla del Río, tan blanco y oro, sin melena y sin la coleta natural que después ha sido santo y seña de un torero genial, único, irrepetible, inabarcable, inalcanzable, hondo, puro, prodigioso, deslumbrante. Morante, tres sílabas. Morante. Morante.

No sabía yo que aquel chaval convertiría las plazas de toros en templos donde rezar a cielo raso; que me robaría las palabras  rugiendo su nombre en el tendido, acordándome de la madre que lo parió de pura emoción, de pura locura. De puta locura. Esa locura que solo provocan los genios de verdad, los elegidos desde la cuna, los que te pellizcan las tripas y te acarician el alma con dedos invisibles y hacen que te queme todo por dentro y te mueven y te castigan y te dan la paz. Morante.

Morante, que tanto nos ha dicho aunque ahora algunos hagan como si nunca hubiesen escuchado su música exquisita, como si el mundo no se moviese al compás perfecto de su capote y se abrochase en su cintura, como si no sostuviese la tierra en sus muñecas, en su mentón eternamente encajado sobre el pecho. Aunque hayan corrido ríos de tinta en mi teclado, aunque hayamos coincidido mil veces, nunca hubo entre nosotros una sola palabra. Nunca quise estar cerca, ni saludar ni ser saludada, ni ser palmera en el éxito ni juez en las sombras. Solo esperar, solo mantener viva una fe intacta que me guardo esperando a que pase el tiempo y Morante se reencuentre con Morante.

Nunca quise conocer sus secretos ni sus debilidades, ni siquiera rozarle con la mano, pura admiración. Tan íntimo, tan mío, tan sagrado, que he preferido mantenerlo siempre en el limbo de lo inalcanzable, sin afectos, sin abrazos, a salvo de mí misma cuando me he sentido impotente viéndolo impotente, engañada viéndolo perdido, perdida suponiéndolo engañado. A salvo de todo menos de sí mismo.

Hace tiempo él hablaba ya sin palabras de su pérdida de ilusión, del tedio, de ese torear-por-torear, ese torear-por-sumar obsceno, de esa isla solitaria en un inacabable océano, del inmenso dolor de las almas sensibles que solo las almas sensibles entendemos. Yo te descifraba de lejos. Lo ví sonreir sin ganas en Arévalo paseando sus penúltimas orejas, porque quiero pensar que son eso, las penúltimas. Que vendrán nuevas tardes, nuevas sonrisas, nuevos lances que los demás no podrán soñar en toda su vida.

Lo intuía perdido entre maniobras orquestales en los despachos y contratos que querían hacer del genio un toreo vulgar y regular, algo que nunca será, porque eso es querer meter el mar en un cubo de plástico, porque con los genios nunca dos y dos son cuatro. Lo intuía perdido, muy perdido, con una hoja de ruta mal trazada. Muy mal trazada, incluso contra su forma de torear y concebir el toreo.

Ni toros ni veterinarios ni empresarios ni presidentes. Ni mano a mano ni rabieta. Morante lo manda todo al carajo porque no encuentra a Morante, al Morante que pone en pie a miles de almas cuando se abre de capote, cuando deja danzar libres sus dioses y sus demonios. Libres. Porque necesita recuperar al chaval blanco y oro con el peso del toreo sobre los hombros, ese #MoranteDios en el que creo, al que sigo esperando cada tarde, incluso ahora que dice que se va. Ese Morante que hoy es carne de cañón para quienes demuestran cada día saber menos de esto y no son conscientes de la trascendencia de que Morante, el último genio, el último prodigio, diga que se va en un momento como el que vivimos. Primer aviso.

No, claro que no se acaba el toreo. El toreo continúa porque lo honran cada día quienes se visten de oro y plata; porque lo honran los niños que se apuntan a las escuelas, los hombres y mujeres que asistimos a las plazas inocentes de la mierda que revuelven en los despachos esos que nunca se van. Esos. Porque aún está caliente la sangre de Iván, mi león eterno, la leyenda de todos aquellos que lo han dado todo, la vida, por un sueño, por ser toreros.

No se acaba el toreo, pero yo hoy me levantado huérfana de mil cosas como si me faltase hasta el aire. Triste porque el enemigo está dentro, porque me parece mentira la despedida que quienes se llaman aficionados tributan a un Morante fracturado en dos que necesita recoserse en el silencio, lejos de las plazas. Si se va Morante se marcha el último genio, el más grande. Digan lo que digan ya es historia, leyenda viva del toreo. No lo duden. Nadie antes. Nadie después.

Pliega tu capote, cierra la puerta, descansa, busca.Yo te esperaré siempre con los ojos cerrados y mi corazón de par en par.

(La foto es de Paula Zorita, que también se ha levantado huérfana de mil cosas)

lunes, 17 de julio de 2017

Honradlo



Madrid ha sido como una novia caprichosa con él. Se enamoró perdidamente para después casi bloquearlo en el teléfono y ahora iba leyendo sus mensajes de reojo sabiendo que la reconciliación era el único camino, el único premio posible a su verdad, a su lealtad a sí mismo, a su independencia, a tanto luchar, a tanto rugir, a tanta pelea en la selva a cuerpo descubierto, a puro dolor.

Las Ventas hoy se convierte en un templo a cielo raso, de Madrid al cielo, de Madrid a la gloria de un león que tocó el cielo por la calle de Alcalá. Un león al que amó sin fisuras para ser luego desdeñosa como una novia caprichosa que no sabe muy bien lo que quiere.

Aún así, muchos esperábamos sin prisa su rugido de vuelta, el zarpazo que hiriese de nuevo de amor el corazón redondo de Madrid, allá donde late el mundo del toro más deprisa, más vivo, más de verdad. Muchos lo escuchábamos, nunca dejamos de hacerlo. Cierro los ojos y te sigo escuchando.

Iván apostó todo por su sueño. Todo. Llenó sus tendidos, abrió la puerta de la enfermería y también la Puerta Grande de los sueños. Dejó su sangre por el camino, se supo y se sintió torero y conquistó a una afición sin que nadie le regalase nada. Nada.

Las Ventas hoy se convierte en memoria y oración, en un altar efímero para quien ya es eterno, en el recuerdo de un león que ya ruge en el cielo. Un torero. Tan torero.

Honradlo. Sacad hoy por última vez a hombros a nuestro león eterno, a nuestro #EternoFandiño, tan rabiosamente vivo en nuestros corazones.

De Madrid al cielo, como una novia caprichosa que llora a quien un día le robó el corazón y dejó su corazón entre las astas de un toro. Un torero. Un león. Eterno Iván Fandiño, León eterno de Orduña, novio del cielo de Madrid.

Solo espero que Madrid le devuelva hoy tanto amor como él le entregó sin reservas para cortejarla sobre la arena, a sangre y fuego, sin tregua, sin trampas.

Honradlo.

(La foto, que ahora me rompe en dos, es de Anya Bartels-Suerdmont)




jueves, 22 de junio de 2017

Los taurinos de Zamora no somos de Marte


Quienes me conocen saben que, si de algo peco, es de no contar tres antes de hablar en arranques de sinceridad y de mala hostia al cincuenta por ciento. Algo que es malo, porque solo le parten la cara a quien la pone por delante, pero que al menos es una garantía de ir con lo que una cree que es verdad y justo por delante.


Quienes me conocen saben que siempre he defendido el talante abierto y tolerante de Paco Guarido, alcalde de Zamora, único alcalde de IU en una capital de provincia, quien accedió a la Alcaldía tras muchos años de oposición y trabajo casi en solitario y se ganó a los zamoranos a pie de calle, pateando, trabajando, más allá de siglas e ideologías.

Todo esto viene al caso porque, si hablamos de tolerancia, o para el Ayuntamiento de Zamora los aficionados taurinos somos de Marte, y no zamoranos, o con el dinero de todos (y de la propia empresa que organiza la feria, Circuitos Taurinos, que ha insertado publicidad en el folleto) se han editado miles de programas de fiestas en los que se omite de forma deliberada la Feria Taurina de San Pedro, incurriendo en un agravio comparativo inadmisible con el resto de nuestros vecinos.

Las fiestas de San Pedro, de mi ciudad -soy taurina, soy zamorana, no soy de Marte- se basan tradicionalmente en su Feria de la Cerámica, la Feria de Ajo, el Festival Flamenco y su feria taurina, ciclos que siempre aparecen en su programación. Siempre.

Pero los 20.000 zamoranos que el año pasado pasaron por taquilla convirtiendo la feria taurina de Zamora en la actividad con mayor asistencia de cuantas se organizaron en las fiestas de 2016 deben ser de Marte para el alcalde y su equipo cuando no tenemos derecho ni a saber el día ni la hora de los dos festejos programados el 29 de junio y 1 de julio (dos cartelones, por cierto), mientras el resto de eventos (algunos organizados por el Ayuntamiento y otros por empresas y asociaciones privadas, como ocurre con los toros) aparecen religiosamente en sus días y sus horas.

El Ayuntamiento de Zamora discrimina así una vez más a los miles de aficionados taurinos que nada le piden (la feria no recibe subvención de ningún tipo y la propiedad de la plaza es privada, aunque nos toque aguantar la consabida coletilla de "no con mi dinero"), pero que tienen el mismo derecho de los demás a ser informados en la programación que pagamos todos de los festejos que quieren ir a ver y que no tienen por qué depender de los gustos personales del alcalde o concejal de turno.

Respeto que al alcalde y a todo su equipo de Gobierno le guste todo, todo, todo: karaoke, concurso de besos en la calle, zumba, rock duro, zarzuela, deporte y todo tipo de espectáculos entre los que el ciudadanos pueda elegir, pero detesto ese doble rasero con los toros, un espectáculo legal y protegido culturalmente que sigue atrayendo a miles de personas que además tenemos que aguantar manifestaciones autorizadas de cuatro gatos llamándonos de todo menos bonitos cuando accedemos a la plaza. Cuatro gatos que los medios convierten en noticia cuando en la plaza de toros hay una media de ocho mil personas que han pasado por taquilla. 

No sean taurinos, no acudan a la plaza, pero respeten a los miles de zamoranos que sí lo hacemos, que pagamos en Zamora nuestros impuestos y que contribuimos con ellos a editar los miles de programas de las fiestas en los que nos han borrado por el artículo 33. O, lo que viene a ser lo mismo, por los santos cohones de quien lo edita,, que no debe ser de Padilla, de Paquirri, de Ferrera, de Ventura, de Talavante o de Roca Rey. Ferión. 

Que somos de Zamora, que no somos de Marte, y merecemos un respeto y una igualdad de trato por parte de un Ayuntamiento que tantas veces presume de libertad, convivencia y tolerancia, aunque en materia taurina haga aguas por todos los lados.

(Ay, dónde quedará aquella libertad sin ira...)

Así no.

domingo, 18 de junio de 2017

Un león rugiendo en el cielo

(Para Iván y Néstor, mis leones, con tanto amor, con tanto dolor)


Hay un león rugiendo a las puertas del cielo. Ese mismo cielo que paseó el día que salió a hombros por la puerta grande de Madrid.

Hay otro león muriéndose por dentro en la tierra. Esa tierra que han recorrido juntos como si fuesen una sola cosa a la búsqueda del sueño, del pan dulce de la gloria y el amargo vino del fracaso que partían sobre el mismo mantel, que bebían en la misma copa.

Hay un león rugiendo a las puertas del cielo. Un cielo al que se ha ido demasiado deprisa. Una mala pisada, un tropiezo, el destino, la mala suerte saliendo de la suerte... qué más da. Quizá sea verdad aquello de que todos venimos al mundo con un día y una hora y tenía que ser hoy y ahí, en ese albero donde los toreros se ofrecen enteros sin guardarse nada, ni siquiera la vida, el ser.

Hay un león rugiendo a las puertas del cielo. Un león que bauticé león en esta ventana mía si el león era su escudo de armas aunque en la pila del bautismo sobre el agua bendita le escribiesen otro nombre, unos apellidos, eterno Iván Fandiño.

Un león solitario que se quedaba siempre un pasito por detrás, a solas consigo mismo, apartado en su rinconcito antes del paseíllo, con el gesto grave de quien sabe que sale a jugarse la vida y está dispuesto a darla en peaje por su sueño. Un león solitario que se alojaba en los hoteles que no eran hoteles de toreros al uso, preservando su independencia hasta para pillar ducha y cama, cenar con la cuadrilla y después, ya relajado, regalarte tiempo y sonrisa sin darse importancia. Alguno de esos me guardo para mí.


Hay un león rugiendo a las puertas del cielo después de rugir alto y claro aquí abajo, de ganarse a zarpazos los contratos, de pelear sobre el albero cada tarde a dentelladas dejándole los despachos, esa selva feroz, a su otro yo, su otra mitad, ese otro león a quien tanto quiero, Néstor, a quien hoy le han arrancado de cuajo también la vida. Cuántos kilómetros hemos quemado juntos, tú en carretera, yo ante el teclado, analizando, comentando, arreglando a nuestra forma los vicios y mentiras de este mundo mágico de la tauromaquia tan lleno de palmeros, oportunistas y chaqueteros pero también de valores, grandeza y verdad desnuda.

Y hoy, después de haber escrito miles y miles de palabras sobre mi león, sobre mis leones, la crudeza del toreo me obliga a escribir las que jamás hubiese querido sacar del cajón de las palabras no escritas. Qué duro, qué auténtico, qué verdad es esto del toreo en un mundo lleno de mentiras, sin corazón y sin sangre. Qué grande es morir haciendo lo que uno quiere, elegir cómo quiere uno irse.


Me gustaría ser políticamente incorrecta, sincera, transparente y directa como ellos, que son uno, que eran uno; acordarme de esa Madrid caprichosa que tan pronto adopta como echa de casa; de los que cada día han estado cerca y nunca dejaron de escuchar y esperar su rugido; de los que solo aparecen cuando las cosas van bien, de quienes le negaron la justicia de sus triunfos, los que compartieron cartel con él y también los que lo vetaron. De los que le han seguido de plaza en plaza, los que se subían al carro en los días de gloria y también de quienes le pitaron en su última corrida en Madrid, con un mostrenco que no veía, mostrando que de toros sabían muy poquito. A todos hoy nos ha dado su última lección de entrega sin límite, de valor como pocos y de amor absoluto dando la vida por su sueño con un tabacazo de uno de Ibán por pasaporte. Qué dolor.

Hay un león rugiendo a las puertas del cielo en esta noche tan larga, tan triste; un león que ha entrado en el cielo por la puerta grande de los toreros eternos, de los que escriben con su sangre la historia del toreo, la leyenda que nunca se muere, la eternidad. Honor y gloria siempre para ellos.

Hay otro león muriéndose por dentro aquí en la tierra porque un toro se ha llevado a su mitad y su motor, el engranaje perfecto de dos personas que hablan el mismo idioma, la confianza absoluta, el hermano que no le dio la sangre pero sí la vida.A miles de kilómetros yo le estoy abrazando.


Iván y Néstor, mis dos leones. Para vosotros, en esta noche tan larga, todo mi amor.

#GRACIASporTuVida #EternoIvánFandiño

(La foto es de la gran Anya Bartels-Suermondt, a quien también abrazo)

miércoles, 19 de octubre de 2016

ANTIHUMANOS. INHUMANOS


Contemplo, entre el estupor y el horror, la depravación a la que son capaces de llegar aquellos que dicen amar a los animales (humanos y no humanos, como especifican en un perfil de Facebook) hasta el punto de convertirse en animales inhumanos.

Animales inhumanos capaces de poner a un bebé en una fuente de un horno junto a un cochinillo (otro bebé con el que no hay diferencias, según postulan) hasta el punto de que me pregunto si el Defensor del Menor, las asociaciones Pro Vida o la aplicación de los simples derechos humanos no tienen nada que decir al respecto de quienes ofrecen a un cachorro humano en una fuente de comida.

Animales inhumanos, depravados, que en su "defensa" de los "animales no humanos" llegan a festejar la muerte de un torero en el ruedo, a desear la muerte de un niño enfermo, a amenazar en las redes a sus familias y a equiparar a un cochinillo con lo más tierno que hay en el mundo, un bebé, un niño, un cachorrito humano.

El partido PACMA -que ha manipulado hasta ahora las redes y los medios de comunicación como le ha venido en gana sin que nadie desmontase sus argumentos- y las organizaciones de protección de los animales (cuya labor es encomiable, dicho sea de paso) deberían explicar de una vez que su filosofía se refiere exclusivamente a la defensa de los animales y desvincularse claramente de estos animales inhumanos. Repudiar, aislar y denunciar a estos "inanimales", porque con estos sujetos son los propios animales los que marcan las diferencias. Porque los animales a sus cachorros los protegen con uñas y dientes de todo mal; porque los animales cuidan a los de su especie y luchan por su supervivencia. Porque los animales llevan desde el principio de los tiempos garantizando el equilibrio natural. Porque los animales no son capaces de urdir tales aberraciones.

Si los "defensores de los animales" no repudian a estos depravados continuarán dando alas a estas teorías del esperpento que algunos creen a pies juntillas y protagonismo a auténticos majaderos. Y me consta que no todos están en el mismo saco, que son muchos los antitaurinos que no comparten esa hoja de ruta y sin saberlo les están dando cancha.

Animales inhumanos que tratan de "esclavos" a los cerdos, de explotadores a los ganaderos, de víctimas a los peces, de ladrones a quienes le "robamos" la leche a los terneros o que consideran que un banquete con carne es un "funeral animal". Majaderos que se erigen en gurús del reino animal y vienen dando lecciones de moral desde una visión tan pervertida de lo humano que dan pavor.

Estos depravados son los que campan por las redes. No son antitaurinos, son antihumanos, inhumanos. Estos depravados, subvencionados desde países como Suiza, Holanda o Estados Unidos, son los que han roto la convivencia y el respeto, la tolerancia, la razón y el equilibrio de una sociedad que hasta ahora ha transigido por omisión con sus barbaridades y se ha hecho eco de sus mentiras y manipulaciones, primero con lo taurino, después con la caza, también con la pesca; después con el consumo de leche y de carne, con el desarrollo del mundo rural, en definitiva, y sobre todo con la dignidad humana. Alguien los bautizó con el "Reich Animalista".

La ley no puede seguir haciendo oídos sordos a estos dislates, a estas teorías de lo absurdo, a esta inversión y perversión de los valores morales y sociales.

Porque sí: sí hay diferencia entre un bebé y un cochinillo, entre un ser humano y un lechón. Los propios animales, que matan por sus crías, que defienden a su especie, marcan esa diferencia a mucha distancia de ellos, que las imaginan en un horno, que les desean la muerte.

Antihumanos. Inhumanos.

martes, 11 de octubre de 2016

ADRIÁN, EL PEQUEÑO GRAN MILAGRO DE LA VIDA



Se llama Adrián y tiene ocho años. Es el pequeño milagro de la vida, del toreo. Un niño de ocho años que lucha contra el cáncer, que quiere vivir como los demás niños. Ser un niño sin quimio ni hospitales, sin operaciones ni sondas ni cicatrices ni las mil putadas que incluye un tratamiento para ganar este cara a cara, para lidiar este toro tan negro, tan doloroso, tan imprevisible.

Quienes no han tenido de cerca la puta enfermedad o quienes no la han vivido en sus carnes no saben de lo que hablo, no conocen la trastienda del dolor y de la impotencia ni la fuerza de la fe y de la esperanza. Tampoco hace falta saberlo para desearle a un niño de ocho años que viva; que viva rabiosamente, que venza, y que el día de mañana se vista de futbolista o de torero. Simplemente eso: que viva, que sonría, que se cure.

Se llama Adrián y tiene ocho años. Aunque su cuerpecito aguantó el martes una sesión de quimio, tuvo fuerzas para sonreir y dar ocho vueltas al ruedo el sábado en Valencia. Para salir a hombros de un grupo de toreros que se hacían pequeñitos con el ejemplo del pequeño gran Adrián, ese luchador rubiajo al que hemos visto con su cabecita pelada pegar pases en la habitación de un hospital. Ese pequeño luchador que solo sueña, como los niños de ocho años. Que solo juega, como los niños de ocho años, unos con el balón, otros con un volante, otros con una muleta, otros con la consola.

Se llama Adrián y es el pequeño milagro del toreo y de la vida. Es un milagro que se pone en pie cada día y que olvida en cada sonrisa los vómitos, las lágrimas, el miedo, lo caro que cuesta levantarse y abrir los ojos.

Es un milagro que une y fortalece al mundo del toro, capaz de mover con esa sonrisa miles de corazones, miles de deseos, y crear un torrente protector, amoroso, porque nada hay más bonito, más limpio que la sonrisa de un niño. Porque cada piedra de sinrazón y de bilis que arrojan contra un niño, contra la dignidad humana, fortalece nuestras paredes y reafirma nuestros cimientos.

Se llama Adrián y vive y sobrevive ajeno a un mundo que se ha vuelto loco, que tiene sus más elementales valores patas arriba, que alimenta un odio enfermizo que da pavor. En su mundo de ocho años solo caben la esperanza y los sueños, los juegos, los deberes, el recreo; no debería haber siquiera lugar para los hospitales, los pasillos, las esperas, los pinchazos, las analíticas, las bajadas de defensas, los quirófanos, el dolor, el miedo. Y aunque él conoce bien todo esto sonríe y mira de frente a la vida. A veces la muerte es más humana que los hombres y se retira cuando se siente vencida. Y ese deseo es el que incendia las redes con las llamas de miles, de millones de corazones. Te vas a curar, Adrián. Te vas a curar.

Ese es el gran potencial del mundo del toro que aún tenemos que creernos, que aún tenemos que poner a funcionar para que se respete la dignidad, el derecho a ser y a elegir de cada persona.

Se llama Adrián. Juega, sueña, quiere ser torero. Quiere ser. Es el pequeño gran milagro de la vida.